Empecemos aclarando la expresión ‘ser católico’. Ciertamente, ser católico no significa, ante todo, la adhesión a la Iglesia oficial, apego a los curas, obispos y, sobre todo, al mismo Papa. No. No significa tampoco ni principalmente conocimiento y cumplimiento de todas las encíclicas y normas morales que lanza con frecuencia el Magisterio de la Iglesia. Algo de esto es necesario. Pero no consiste en ello ser católico. Tampoco significa creer en los sacerdotes ni en imaginarlos vestidos de una capa de asbesto que los hace impenetrables a toda tentación de la carne. No. No son ángeles que vuelan en los templos sagrados, sino hombres de carne y hueso, con las mismas tendencias de los demás hombres que vagan por ciudades y veredas.

Ser católico es creer en Jesucristo, adherirse a él, como Hombre verdadero, hijo de María y de José, y como Dios verdadero, el Hijo de Dios y de la fe de la virgen María. Es creer y aceptar que Jesucristo es la persona decisiva en mi vida y que mi salvación eterna depende de mi fe en él. Ser católico es aceptar que los apóstoles fueron testigos de su muerte y resurrección, y que, a partir de entonces, los creyentes en Jesucristo formamos la comunidad, llamada Iglesia católica (es decir, universal) y apostólica (fundada en la fe de los apóstoles), y en la continuidad de la misma fe auténtica, en la persona de los Papas, desde san Pedro hasta Benedicto XVI, así no me caiga bien; esto es secundario; lo que cuenta es reconocerlo como el sucesor legítimo de san Pedro, quien recibió el encargo de regir la comunidad de los creyentes en Jesucristo, o Iglesia.

Ser católico, hasta hace unos cincuenta años, era asunto fácil, tradicional, familiar. Todos éramos católicos. Gozaba la Iglesia de fama, de prestigio, de poder. El Estado colombiano era confesional. No había divorcio, ni matrimonio civil, ni aborto legal. Había fe católica en todo el país, que con razón era llamado el país del Sagrado Corazón, ya que el mismo Presidente de la República hacía la consagración anual de la República al Sagrado Corazón.

Pero las cosas han cambiado radical y aceleradamente en las últimas décadas. El Estado es laico, la Iglesia católica es una de los centenares de iglesias acreditadas ante el Estado, en pie de igualdad con todas ellas. Entraron el matrimonio civil, el divorcio, el aborto, la eutanasia, el orgullo gay; la familia se viene desintegrando, la vida sexual pasó de las manos de la Iglesia a las manos de cada ciudadano, varón o mujer, y mil libertades más, entre ellas el relativismo moral, se vienen instalando en el corazón de cada colombiano; y la desbandada de católicos hacia otras formas de fe, de moral, de cultura, se viene dando en forma creciente, casi que alarmante.

Pero, no nos asustamos. Bienvenido el nuevo orden social. Bienvenido el Estado laico. Dentro de este contexto nos cabe vivir el ‘ser católicos’.

Ser católico HOY, en medio de este desprestigio de la Iglesia, y ante esta desbandada de católicos, significa seguir siéndole fiel al Señor Jesús, seguir viviendo el presente en función de la vida y doctrina de la persona adorable de Jesucristo; seguir viviendo la fe a pesar de la crisis de la Iglesia y de los sacerdotes, por causa de la pedofilia. Todo esto requiere mucho coraje, mucha verraq… como nos gusta decir a los colombianos.

Ser católico no es para cobardes, para miedosos, para personas débiles. Ser católico requiere coraje y una profunda experiencia de fe.

Es la hora de invitar a jóvenes audaces a entrar en los seminarios para prepararse a ser sacerdotes, seguidores de Jesús. Los obispos deben ser exigentes con los seminaristas y no consentir que continúen en la formación aquellos que tengan conductas homosexuales. Sencillamente, no son aptos para el sacerdocio. Sólo el amor apasionado por Jesucristo forma sacerdotes castos y célibes. Si un sacerdote falta gravemente al respeto a un niño debe ser retirado del sacerdocio. Ya habrá otros a quienes el amor a Jesucristo los haga capaces de respetar, en forma absoluta, la dignidad de todo niño.

Piénselo bien: cada día va a hacer falta mucho coraje para ser católico; pero, mucho más todavía, para ser sacerdote. Decídase.

cenalbe@javeriana.edu.co

Alfonso Llano Escobar

Publicado en el Tiempo el día 8 de Agosto de 2010

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